Imagina una ciudad levantada junto a un río recuperado. Sus edificios producen más energía de la que consumen, los huertos crecen sobre antiguas azoteas y una inteligencia artificial coordina el transporte, distribuye los excedentes y anticipa las necesidades de cada barrio. Nadie pasa hambre. Nadie duerme en la calle. El aire vuelve a oler a lluvia en lugar de a combustible.
Parece el futuro que llevamos décadas esperando.
Pero esa misma inteligencia artificial también decide qué profesión encaja mejor con cada persona. Los desplazamientos quedan registrados para garantizar la seguridad colectiva. Las emociones consideradas improductivas reciben tratamiento preventivo y quienes cuestionan el sistema son apartados, no como castigo, sino por su propio bienestar.
La ciudad continúa siendo verde, eficiente y hermosa. Lo que ha desaparecido es la posibilidad de decir que no.
Ese pequeño desplazamiento —del cuidado al control, de la coordinación a la obediencia— contiene buena parte de la tensión entre utopía y distopía. Ambas pueden nacer del deseo de construir una sociedad sin sufrimiento. El problema aparece cuando ese proyecto deja de admitir preguntas.
Las utopías y distopías en la ciencia ficción permiten observar sociedades enteras como si fueran experimentos. Cambian las reglas conocidas y nos obligan a mirar de nuevo cuestiones como la libertad, la igualdad, el poder, la tecnología o la forma en que repartimos los recursos.
Una utopía pregunta cómo podríamos vivir mejor. Una distopía examina qué puede ocurrir cuando alguien cree haber encontrado una respuesta válida para todos.
Índice
Utopía y distopía: dos futuros nacidos de la misma pregunta
Utopía y distopía suelen presentarse como conceptos opuestos. La primera sería una sociedad perfecta; la segunda, su reflejo oscuro. Las obras más interesantes complican bastante esa separación.
Las dos suelen partir de una insatisfacción con el presente. Detectan una injusticia, una carencia o un conflicto y reorganizan la sociedad para responder a ellos. La diferencia está en qué ocurre después y, sobre todo, en quién paga el precio de esa reorganización.
Una comunidad puede eliminar la pobreza mientras concentra en una institución todas las decisiones sobre los recursos. Puede reducir drásticamente la violencia a costa de vigilar cada conversación. Incluso una medida concebida para proteger a la población puede terminar restringiendo su capacidad de elegir si nadie puede discutirla, abandonarla o modificarla.
Por eso una misma sociedad podría resultar deseable para unas personas y insoportable para otras. El centro vive en equilibrio porque la periferia absorbe sus residuos. La mayoría disfruta de seguridad porque una minoría ha perdido determinados derechos. La ciudad parece limpia porque aquello que no encaja ha sido expulsado fuera de sus muros.
Antes de aceptar una utopía conviene mirar también aquello que ha quedado fuera de la fotografía.
Qué es una utopía en la ciencia ficción
La palabra utopía procede de la obra publicada por Tomás Moro en 1516. Su nombre permite jugar con dos ideas cercanas: el «no lugar», aquello que no existe, y el «buen lugar» que desearíamos alcanzar.
Esa ambigüedad sigue siendo útil cinco siglos después.
Una utopía literaria no tiene por qué limitarse a mostrar un paraíso. Puede funcionar como un espacio desde el que mirar nuestra propia sociedad. Al cambiar las reglas, la ficción vuelve visibles costumbres e instituciones que normalmente damos por hechas.
¿Qué ocurriría si el trabajo necesario se repartiera de otra manera? ¿Cómo serían las ciudades si la vivienda dejara de tratarse como una mercancía? ¿Podría una comunidad organizarse sin jerarquías permanentes?
La literatura utópica convierte estas preguntas en formas concretas de vida. Necesita imaginar quién cultiva los alimentos, cómo se educa a los niños, qué sucede cuando dos personas desean cosas incompatibles o cómo se evita que el poder vuelva a concentrarse.
Ahí está una de las sensaciones más estimulantes que puede producir una utopía. Durante unas páginas, aquello que parecía inevitable deja de serlo.
Pero cada proyecto contiene también una respuesta, explícita o implícita, a una cuestión bastante incómoda: ¿qué necesita una persona para vivir bien?
Para unos autores será la libertad. Otros pondrán el acento en la igualdad, la estabilidad, el conocimiento, el contacto con la naturaleza o la pertenencia a una comunidad. Las dificultades empiezan cuando una de esas respuestas pretende ocupar todo el espacio.
La ciencia ficción puede hacer visibles esos valores a través del propio mundo. Una jerarquía puede quedar inscrita en la arquitectura de una ciudad, mientras la vigilancia entra en casa mediante una pantalla o el control del cuerpo se ejerce desde hospitales y centros de reproducción.
Y ninguna utopía está libre de la época en la que fue imaginada. Lo que una generación considera orden puede parecer opresión unas décadas después. Resolver una forma de desigualdad tampoco garantiza haber resuelto las demás.
Qué convierte un futuro difícil en una distopía
No todo futuro negativo es una distopía.
Una guerra nuclear, una pandemia o una catástrofe climática pueden destruir una sociedad sin producir necesariamente un mundo distópico. Lo que importa no es únicamente cuánto sufrimiento existe, sino cómo se organiza la vida alrededor de él.
En muchas distopías las instituciones siguen funcionando. A veces lo hacen con una eficacia inquietante. Los ciudadanos conocen su lugar, los horarios están perfectamente establecidos y cada necesidad parece haber sido prevista.
El problema no es que el sistema haya colapsado.
Funciona.
En Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, D-503 vive en el Estado Único y contempla el mundo mediante una lógica matemática que ha reducido a las personas a números. Las viviendas de cristal eliminan la intimidad y la Tabla de las Horas ordena cada momento del día. Al principio, D-503 no vive ese orden como una cárcel. Le parece hermoso.
Un mundo feliz, de Aldous Huxley, sigue otro camino. El Estado Mundial produce ciudadanos adaptados desde antes de nacer, los distribuye en castas y utiliza el condicionamiento, el consumo y el soma para mantener bajo control cualquier malestar que pueda alterar el orden.
En 1984, Winston Smith trabaja en el Ministerio de la Verdad modificando documentos para que el pasado coincida siempre con las necesidades presentes del Partido. Orwell lleva así el control político hasta un terreno especialmente íntimo: los recuerdos y las palabras con las que intentamos comprenderlos.
Son sociedades muy distintas y también lo son sus métodos. Las tres reducen, de una forma u otra, el espacio desde el que una persona puede cuestionar aquello que la rodea.
Utopía, distopía y postapocalipsis: diferencias esenciales
Utopía, distopía y postapocalipsis pueden convivir en una misma obra, pero describen cosas diferentes.
La utopía imagina una sociedad organizada alrededor de unas condiciones consideradas mejores que las existentes.
La distopía pone el foco en un orden social indeseable, opresivo o profundamente desigual.
El postapocalipsis parte de otra pregunta: qué queda después del derrumbe.
Una guerra, una pandemia o una crisis ambiental podrían destruir las instituciones conocidas. A partir de ahí pueden aparecer comunidades autoritarias, sociedades cooperativas, nuevas jerarquías o formas de vida que mezclen varios modelos.
Una ciudad amurallada donde el acceso al agua dependa de la posición social podría existir dentro de un escenario postapocalíptico y ser, al mismo tiempo, una distopía.
También puede suceder lo contrario. Las ruinas de una sociedad anterior podrían servir para ensayar formas de organización más abiertas.
El desastre explica cómo llegamos hasta allí. La utopía o la distopía describen qué hicimos después.
El mecanismo que transforma una utopía en pesadilla
Las sociedades distópicas rara vez se describen a sí mismas como crueles.
Suelen hablar de seguridad, estabilidad, bienestar o supervivencia. Muchas restricciones aparecen primero como respuestas a problemas reales.
Quizá hubo una guerra y la vigilancia comenzó como una medida temporal. Una crisis ambiental pudo obligar a racionar recursos. Un sistema predictivo nació para reducir el crimen y terminó decidiendo quién merece ser vigilado antes de haber hecho nada.
Una medida excepcional puede parecer razonable durante una emergencia. El verdadero problema comienza cuando deja de existir una forma de revisarla, limitarla o retirarla.
Un sistema capaz de escuchar críticas puede detectar errores. Uno que interpreta cualquier oposición como una amenaza acaba protegiéndose a sí mismo incluso cuando sus decisiones perjudican a las personas para las que supuestamente fue creado.
Cuando una sola definición de felicidad se impone a todos
La felicidad parece un objetivo difícil de discutir hasta que alguien decide qué significa exactamente y empieza a administrarla.
En Un mundo feliz, el soma resuelve el malestar antes de que pueda convertirse en una pregunta. No elimina únicamente el dolor. Ayuda a impedir que el dolor lleve a alguien a detenerse y preguntarse por qué se siente así.
John resulta extraño dentro de ese mundo porque acepta experiencias que la sociedad ha aprendido a considerar innecesarias. Quiere amar aunque pueda sufrir, leer aunque los libros compliquen su vida y conservar la posibilidad de equivocarse.
Huxley lleva esa tensión a un terreno incómodo: si una sociedad pudiera garantizar placer, estabilidad y ausencia de sufrimiento a cambio de reducir nuestra capacidad de elegir, ¿seguiríamos considerando deseable el trato?
La novela no necesita que respondamos de la misma manera que John. Basta con que nos obligue a mirar el precio.
Cuando la igualdad se confunde con la uniformidad
En Nosotros, la obsesión por el orden alcanza incluso la identidad.
Los nombres han sido sustituidos por letras y números. El cristal convierte las casas en espacios observables. Los movimientos colectivos siguen ritmos establecidos y D-503 encuentra belleza en esa precisión porque ha aprendido a entender la individualidad como una fuente de desorden.
Su transformación comienza cuando algo deja de encajar en esa geometría. Empieza a soñar, a desear cosas que no debería desear y a guardar secretos en una sociedad construida para que casi nada permanezca oculto.
La novela funciona precisamente porque D-503 no empieza como un rebelde. Zamiatin nos permite contemplar el Estado Único desde los ojos de alguien convencido de que vive en una sociedad superior. La grieta se abre desde dentro.
Cuando el desacuerdo se convierte en una anomalía
Una sociedad que se considera perfecta tiene un problema con quien protesta.
Si el sistema ya es justo, el descontento necesita otra explicación: ignorancia, egoísmo, enfermedad, manipulación externa.
Así resulta sencillo dejar de escuchar.
Sin embargo, el desacuerdo puede contener información que las instituciones no poseen. Puede señalar un daño invisible para quienes nunca lo sufren o una necesidad que el diseño original no había previsto.
Una comunidad no necesita estar de acuerdo en todo para funcionar. Necesita alguna forma de convivir con aquello que todavía no ha resuelto.
Las herramientas de la distopía
El poder distópico no vive únicamente en gobiernos o ejércitos. Puede encontrarse en el vocabulario disponible, en los recuerdos compartidos, en la manera de organizar los cuerpos o en la distribución física de una ciudad.
El control del lenguaje: reducir las palabras para limitar lo pensable
Una de las herramientas más inquietantes de 1984 no es una máquina, sino un diccionario.
Syme trabaja en una nueva edición de la neolengua y celebra cada palabra que desaparece. Su objetivo es reducir el idioma hasta que determinados pensamientos dejen de disponer siquiera de una forma clara en la que expresarse.
El Partido no quiere limitarse a prohibir algunas opiniones. Aspira a modificar el terreno desde el que esas opiniones podrían surgir.
Otras distopías utilizan métodos menos radicales. Basta con cambiar los nombres.
La vigilancia se convierte en protección; una medida discriminatoria puede esconderse tras una expresión técnica y la censura presentarse como una forma de estabilidad. Las palabras suavizan la realidad y, con el tiempo, pueden cambiar la manera en que la percibimos.
El lenguaje no determina por completo lo que podemos pensar, pero sí condiciona cómo discutimos, recordamos y transmitimos una experiencia. Por eso resulta tan útil para cualquier poder interesado en controlar el relato.
El control de la memoria: un pasado que cambia según quién lo necesite
Winston pasa sus jornadas corrigiendo periódicos, cifras y discursos.
Una predicción equivocada desaparece de los archivos. Antiguos aliados pasan a ser enemigos y promesas que nunca se cumplieron dejan, sencillamente, de haber sido pronunciadas.
El efecto acumulado es devastador: resulta imposible encontrar un punto estable desde el que comparar lo que el Partido dice hoy con lo que decía ayer.
Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, aborda el problema de otra manera.
Guy Montag quema libros antes de preguntarse realmente qué contienen. A su alrededor, Mildred vive rodeada de pantallas que ocupan las paredes y ofrecen una compañía incesante. El mundo de Bradbury no resulta inquietante únicamente porque los libros ardan. También porque buena parte de la sociedad ha dejado de echarlos de menos.
Al final de la novela, quienes memorizan obras no están guardando simples objetos culturales. Conservan versiones distintas del mundo en una sociedad que ha ido perdiendo la costumbre de detenerse ante aquello que incomoda o exige atención.
El control del cuerpo: cuidado, reproducción y consentimiento
Algunas distopías convierten el cuerpo en territorio político.
En El cuento de la criada, Margaret Atwood imagina Gilead, un régimen que administra la fertilidad de las mujeres en respuesta a una crisis demográfica. Defred pierde incluso su nombre: su identidad queda vinculada al hombre al que ha sido asignada.
La ropa y los espacios permitidos bastan para mostrar qué función se espera de cada persona.
La violencia de Gilead resulta especialmente perturbadora porque utiliza el lenguaje del orden, la tradición y la protección. El cuerpo de Defred deja de pertenecerle mucho antes de que nadie necesite encerrarla en una celda.
Octavia E. Butler plantea algo mucho menos fácil de clasificar en La estirpe de Lilith.
Lilith Iyapo despierta después de la destrucción de la Tierra y descubre que los oankali han rescatado a los supervivientes humanos, curado enfermedades que antes parecían incurables y preparado la posibilidad de regresar al planeta.
También han decidido que el futuro de ambas especies pase por un intercambio genético.
Los oankali no encajan bien en la figura del conquistador convencional. Salvan vidas, comprenden la biología de una manera extraordinaria y parecen sinceramente convencidos de que su intervención evitará otra destrucción. Precisamente por eso el conflicto resulta más incómodo.
¿Qué significa consentimiento cuando una de las partes controla las condiciones mismas en las que la otra puede sobrevivir?
Butler no convierte el problema en una lección sencilla contra la biotecnología. Hace algo bastante más interesante: obliga a separar la capacidad de sanar del derecho a decidir sobre el cuerpo que recibe esa cura.
La arquitectura de la distopía: espacios que también ejercen poder
Una sociedad puede explicar mucho sobre sí misma sin pronunciar una sola palabra.
Las ciudades separan, conectan, exponen u ocultan. Hay lugares a los que todo el mundo puede entrar y otros reservados para quienes poseen determinados recursos, permisos o identidades.
En el Estado Único de Nosotros, el cristal elimina la intimidad. Gilead clasifica a sus habitantes mediante la ropa y, en 1984, la telepantalla lleva la presencia del Partido hasta el espacio doméstico.
Las utopías también utilizan la arquitectura para expresar prioridades: viviendas accesibles, transporte compartido, espacios comunes o ciudades que integran producción de alimentos y naturaleza.
La pregunta interesante no es simplemente si esos lugares son hermosos o eficientes, sino qué clase de vida permiten llevar dentro de ellos.
Cómo ha evolucionado la relación entre utopía y distopía
Las primeras utopías modernas solían situarse lejos: islas remotas, territorios desconocidos o comunidades separadas del mundo habitual. La distancia permitía suspender las reglas conocidas y probar otras.
Con la industrialización, buena parte de esa imaginación empezó a desplazarse hacia el futuro.
Las máquinas prometían reducir el esfuerzo físico, aumentar la producción y transformar la vida cotidiana. También hicieron visibles nuevas formas de disciplina. La misma eficiencia capaz de liberar tiempo podía medirlo, fragmentarlo y someterlo a ritmos cada vez más estrictos.
Las experiencias políticas del siglo XX empujaron la distopía en otra dirección. Nosotros, Un mundo feliz y 1984 imaginaron formas distintas de convertir una sociedad entera en un sistema de control: mediante la racionalización extrema, el condicionamiento, el entretenimiento, la propaganda o la manipulación de la verdad.
Décadas más tarde, autoras como Ursula K. Le Guin, Octavia E. Butler o Margaret Atwood ampliaron las preguntas. El poder dejó de observarse únicamente desde el Estado y pasó también por el género, el cuerpo, la reproducción, el colonialismo, el trabajo o la relación con el medioambiente.
Las distopías recientes han incorporado algoritmos, plataformas digitales y nuevas formas de vigilancia. Cambian las herramientas. Algunas preocupaciones permanecen sorprendentemente reconocibles.
Cómo se siente leer una distopía
Una buena distopía rara vez comienza con la sensación de estar entrando en el infierno.
Suele recibirnos con una rutina.
Los personajes se levantan, trabajan, comen y conversan. Conocen las normas y han aprendido qué temas conviene evitar o qué comportamientos pueden llamar demasiado la atención. Lo insoportable forma parte de su vida diaria.
A menudo el lector nota antes que ellos que algo no encaja. Puede ser una palabra que parece esconder más de lo que dice, una puerta que nadie abre o la ausencia de ciertas personas en determinados lugares. Una norma aparentemente razonable empieza a exigir sacrificios que nadie menciona demasiado.
A medida que entendemos el funcionamiento del mundo, también descubrimos hasta dónde llega el sistema.
Ahí está una de las grandes fuerzas narrativas del género. No observamos únicamente una sociedad opresiva desde fuera. La descubrimos a través de personajes que han tenido que aprender a vivir dentro de ella.
Por qué seguimos encontrando esperanza dentro de una distopía
La resistencia no siempre empieza con una revolución.
A veces aparece en gestos mucho más pequeños: conservar el verdadero nombre de alguien, compartir comida cuando hacerlo está prohibido o escribir algo que nadie más llegará a leer.
Montag comienza escuchando las palabras que antes quemaba. Defred intenta conservar sus recuerdos porque Gilead ha hecho todo lo posible por borrar la vida que tuvo antes. Winston, por su parte, compra un cuaderno sin saber todavía qué puede conseguir escribiendo en él.
Son decisiones pequeñas, pero devuelven a los personajes una parte del espacio que el sistema intenta ocupar por completo.
Una distopía puede terminar de forma terrible y, aun así, mostrar que el control nunca consigue borrar del todo el deseo de recordar, preguntar o establecer vínculos con otras personas.
La tecnología no crea por sí sola una utopía ni una distopía
La ciencia ficción utiliza la tecnología con frecuencia, pero una herramienta no contiene de antemano el tipo de sociedad que surgirá a su alrededor.
Una inteligencia artificial puede ayudar a gestionar una red eléctrica distribuida y también tomar decisiones sobre personas que desconocen los criterios utilizados. Los robots ofrecen la posibilidad de asumir trabajos peligrosos, aunque la misma tecnología puede ponerse al servicio de la vigilancia. Con la ingeniería genética ocurre algo parecido: su capacidad para curar no impide que pueda utilizarse para imponer determinadas ideas sobre qué cuerpos deberían existir.
Por eso interesa menos preguntar si una tecnología es «buena» o «mala» que observar quién la controla y qué margen deja a las personas afectadas.
¿Puede alguien rechazar una decisión automatizada? ¿Sabe con qué criterios se ha tomado? ¿Existe una alternativa real si el sistema se equivoca?
Estas preguntas resultan más útiles que el miedo genérico al progreso.
La tecnología puede ampliar nuestras posibilidades y, al mismo tiempo, concentrar una capacidad de decisión que antes estaba distribuida entre muchas personas. La ciencia ficción lleva décadas explorando esa tensión.
La crisis ecológica como frontera entre la pesadilla y el rediseño
La ciencia ficción climática muestra con especial claridad cómo una misma crisis puede producir futuros muy distintos.
La escasez de agua puede utilizarse para justificar fronteras y nuevas jerarquías. Las ciudades protegidas levantan muros mientras otros territorios reciben la contaminación, el calor o los residuos necesarios para mantenerlas.
El nombre del mundo es Bosque, de Ursula K. Le Guin, muestra uno de los extremos de la lógica extractiva. Para los habitantes de Athshe, el bosque forma parte de su mundo y de su manera de entender la vida. Los colonizadores humanos ven madera, y esa diferencia en la forma de mirar el planeta acaba sosteniendo la violencia que ejercen sobre él.
Le Guin conecta explotación ambiental y dominación colonial sin convertir el planeta en un simple decorado ecológico. El conflicto nace de dos formas incompatibles de relacionarse con aquello que existe alrededor.
Marte rojo, de Kim Stanley Robinson, plantea otro dilema.
Ann Clayborne quiere preservar Marte tal como es. Sax Russell considera legítimo terraformarlo para hacerlo habitable. Ambos pueden defender argumentos comprensibles y ninguno posee una respuesta capaz de cerrar definitivamente el debate.
La pregunta cambia entonces. Ya no se trata únicamente de cómo sobrevivir en otro planeta, sino de si tenemos derecho a transformarlo para adaptarlo a nuestras necesidades.
El solarpunk se aproxima a estas cuestiones desde una tradición distinta. Prefiere imaginar sociedades que intentan reconstruir ecosistemas, desarrollar tecnologías apropiadas para su entorno y recuperar formas de organización comunitaria.
La serie Monje y robot, de Becky Chambers, reduce esa búsqueda a una escala íntima.
En Panga, los robots abandonaron las fábricas y la sociedad humana tuvo que reorganizarse después de su marcha. Mucho tiempo más tarde, Mosscap regresa desde las tierras salvajes con una pregunta aparentemente sencilla: qué necesitan las personas.
Dex, un monje del té que lleva tiempo buscando algo que ni siquiera sabe nombrar, no tiene una respuesta.
Eso hace que Panga resulte interesante. El mundo puede haber resuelto muchos problemas materiales sin haber descubierto cómo eliminar la incertidumbre, la insatisfacción o la necesidad de buscar un sentido a la propia vida.
Una sociedad mejor tampoco tendría por qué ser una sociedad en la que nadie vuelve a sentirse perdido.
Las utopías críticas: futuros mejores que no necesitan ser perfectos
Durante mucho tiempo fue fácil asociar la utopía con un modelo acabado: una sociedad había encontrado las instituciones correctas y solo necesitaba conservarlas.
La utopía crítica parte de una idea menos rígida.
Puede imaginar un mundo mejor sin presentarlo como perfecto. Sus habitantes siguen discutiendo, las instituciones cometen errores y algunos problemas permanecen abiertos.
Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin, es uno de los ejemplos más conocidos.
Shevek ha crecido en Anarres, una luna donde una sociedad anarquista ha eliminado la propiedad privada y muchas de las jerarquías presentes en Urras. Sin embargo, el propio Shevek descubre que abolir las instituciones formales no hace desaparecer automáticamente el poder.
Su trabajo como físico choca con el prestigio académico, las redes informales de influencia y la presión del grupo. Nadie necesita prohibirle investigar de manera explícita para conseguir que ciertos caminos resulten cada vez más difíciles.
Cuando viaja a Urras, la situación se invierte.
Encuentra universidades magníficas, abundancia y comodidades que Anarres no puede ofrecerle. También descubre enormes diferencias sociales y comprende que quienes apoyan su investigación esperan apropiarse de sus resultados.
Le Guin evita convertir cualquiera de los dos mundos en una respuesta definitiva. Anarres conserva un proyecto igualitario que merece ser defendido, pero puede endurecerse si deja de cuestionarse. Urras posee recursos y diversidad mientras mantiene desigualdades que Shevek no puede aceptar.
El viaje entre ambos mundos importa porque mantiene abierta la posibilidad de comparación.
Una utopía crítica no tiene que demostrar que ha resuelto todos los problemas. Puede preguntarse qué ocurre cuando una sociedad que nació para cambiar el mundo empieza a tener miedo de cambiarse a sí misma.
Por qué las distopías nos atraen tanto
Las distopías poseen una ventaja narrativa evidente: el conflicto ya está incorporado al mundo.
Hay prohibiciones, secretos, vigilancia y personajes que necesitan decidir cuánto están dispuestos a arriesgar para conservar una parte de sí mismos. Una conversación o un libro pueden adquirir el peso que en otra novela tendría una batalla.
También convierten miedos difusos en algo que podemos observar. 1984 da una forma concreta a la pérdida de intimidad mediante la telepantalla; Fahrenheit 451 hace visible la censura a través de los bomberos que destruyen libros, mientras Gilead lleva el control reproductivo hasta el cuerpo de Defred.
Resulta más sencillo discutir una amenaza cuando la ficción le ha dado una forma concreta.
Si todas las sociedades futuras terminan siendo opresivas y cualquier intento colectivo de cambiar el presente desemboca inevitablemente en una nueva tiranía, corremos el riesgo de imaginar la situación actual como la única posible.
Las utopías cumplen entonces otra función: permiten que la imaginación política haga algo más que anticipar el desastre.
Qué pueden enseñarnos las utopías y distopías
Estas historias permiten poner nuestras ideas bajo presión y observar consecuencias que, en el presente, pueden pasar más desapercibidas.
Un algoritmo eficiente puede reproducir desigualdades heredadas. Una infraestructura sostenible puede mejorar una ciudad mientras desplaza parte de su impacto ambiental hacia otro territorio. La ciencia ficción exagera a veces estos mecanismos, pero precisamente esa exageración ayuda a verlos.
También recuerda algo más sencillo: ningún indicador describe por completo una vida. La productividad no mide el cuidado y la ausencia de protestas no demuestra por sí sola que una sociedad sea justa.
Quizá la sociedad perfecta no sea una meta especialmente útil si la imaginamos como un estado definitivo. Una sociedad mejor podría aspirar a algo menos espectacular y bastante más difícil: detectar sus errores y permitir que quienes los sufren puedan decirlo.
Preguntas frecuentes sobre utopías y distopías en la ciencia ficción
-
¿Cuál es la diferencia entre utopía y distopía?
Una utopía imagina una sociedad organizada alrededor de unas condiciones consideradas deseables. Una distopía muestra un orden social indeseable, opresivo o profundamente desigual.
La apariencia no basta para distinguirlas. Una ciudad limpia, segura y tecnológicamente avanzada puede ser distópica si sus habitantes carecen de intimidad, autonomía o capacidad para cuestionar las reglas. -
¿Distopía y antiutopía significan lo mismo?
No siempre, aunque ambos términos se utilizan a veces como sinónimos, puede hacerse una distinción útil.
Una distopía muestra una sociedad indeseable u opresiva. La antiutopía se dirige de manera más específica contra un proyecto utópico o contra la idea de que una sociedad perfecta pueda construirse sin consecuencias negativas.
Por eso una obra puede ser distópica sin estar intentando refutar una utopía concreta. -
¿Una distopía tiene que desarrollarse en el futuro?
No, puede situarse en un presente alternativo, una realidad paralela o incluso una versión diferente del pasado.
Lo que define la distopía es el orden social que presenta, no la fecha en la que ocurre la historia. -
¿Puede una sociedad ser utópica para unos y distópica para otros?
Sí, un sistema puede ofrecer seguridad y abundancia a una parte de la población mientras excluye, explota o limita los derechos de otra.
Preguntar quién disfruta de los beneficios y quién soporta los costes suele cambiar por completo la forma en que miramos una sociedad aparentemente perfecta. -
¿Las utopías son menos interesantes que las distopías?
No tienen por qué serlo, una utopía pierde interés narrativo cuando todos los problemas ya están resueltos y nada puede cambiar.
Las utopías críticas evitan ese problema al imaginar sociedades mejores donde siguen existiendo desacuerdos, errores y decisiones difíciles.
El futuro no es una respuesta terminada
Utopías y distopías parten de una intuición parecida: nuestra manera de organizar la sociedad no es la única posible.
La distopía observa qué ocurre cuando una solución empieza a exigir obediencia o la seguridad termina reduciendo el espacio de libertad de quienes deberían beneficiarse de ella.
La utopía hace otra cosa. Se atreve a imaginar qué podríamos cambiar.
Entre ambas existe un territorio mucho más interesante que una sociedad perfecta o una pesadilla absoluta. Los desposeídos encuentra contradicciones dentro de Anarres; Kim Stanley Robinson se niega a resolver con facilidad qué debería hacerse con Marte, y Panga todavía tiene preguntas incluso después de haber construido una sociedad mucho más amable que la nuestra.
Quizá imaginar un futuro habitable consista precisamente en aceptar que nunca estará terminado.
El horizonte no necesita ser impecable para orientarnos.

